AIDS Community Research Initiative of America (ACRIA) - Verano 2006
En 1987, mi pareja y yo tuvimos la conversación sobre que pasaría si los resultados de las pruebas de VIH de ambos fueran positivas. Decidimos que nos cuidaríamos si uno o el otro se llegara a enfermar. Habíamos estado juntos desde la universidad, cuando el tenía 19 y yo 22. Ambos nos hicimos la prueba y los resultados fueron positivos para ambos. El murió en 1993 después de una larga lucha con diferentes complicaciones. Habíamos estado juntos 14 años.
Me quedé sin la compañía y sin nadie de quien cuidar - de pronto estaba sólo en el apartamento que compartíamos. Poco después empecé a pensar en suicidarme y no encontraba nada que valiera la pena para poder continuar viviendo. Mi salud nunca decayó severamente, y no me sentía igual que cuando mi pareja vivía. Me sentía culpable de haber sobrevivido - tenía unos años más que el y siempre bromeábamos que yo sería el primero en morir por viejo. No pasó de esa manera.
Aunque nunca intenté suicidarme, llegué a estar muy cerca de llevar a cabo mis pensamientos. Cuando el falleció me estaba sintiendo físicamente mejor y más fuerte de cuando fui diagnosticado. Había estado haciendo ejercicios y había podido acumular masa muscular en mi cuerpo. Los medicamentos de VIH que ambos tomábamos funcionaron para mí - el mejoraba poco y tuvo problemas continuos con infecciones oportunistas que lo llevaron a hospitalizaciones frecuentes. Después de que falleciera sentí que no había nada que valiera la pena para seguir viviendo, aunque realmente no deseaba morir.
Me convertí en una persona solitaria. La mayor parte de nuestros amigos se habían mudado o habían fallecido, así que hacía todo a solas y realmente no socializaba. Mi hermana vivía relativamente cerca y pasaba a visitarme casi todos los días para ver como estaba, hacía todo esfuerzo para incluirme en sus actividades familiares. Pero aún así me sentía sólo, a insistencia de ella hice una cita con un terapeuta quien me diagnosticó con depresión. (Mi médico me había referido para que fuera a ver un terapeuta o un psiquiatra, pero nunca seguí sus sugerencias, diciéndole que me sentía mejor.) Yo sabía que estaba deprimido - eso no era difícil saberlo - lo que no sabía era cuan mejor me iba a sentir después de iniciar el tratamiento. Empecé a tener esperanzas. Tenía mi salud - si, era VIH positivo, pero mi conteo de células CD4 estaban muy bien, mi conteo viral no era muy alto y me veía y me sentía bien.
No fue hasta que necesité tomar los inhibidores de proteasa, porque mi conteo viral empezó a dispararse, que algunos signos de la enfermedad empezaron a verse, en especial la terrible "palabra que empieza con L" para las personas que viven con el VIH: lipodistrofia. Esto empezó alrededor de 1997. Pero aún señales de que estaba envejeciendo empezaron a aparecer. Empecé a sentirme deprimido nuevamente; parecía que los medicamentos que tomaba para la depresión ya no estaban funcionando.
Había empezado a socializar y hacer nuevas amistades, participar de actividades sociales, ir al gimnasio y hacerme miembro de algunas ligas deportivas. Pero aún así, empecé a sentirme cansado nuevamente, y sólo - a veces lloraba sin motivo alguno, sintiéndome terrible y con lástima conmigo mismo. No sabía si se eran las señales de estar envejeciendo o la lipodistrofia que me molestaban. Nunca inicié una nueva relación, pero disfrutaba aún del sexo, y ahora hasta eso había desaparecido. Al no desear estar en otra relación me aventuré a tener sexo en lugares públicos, pero ahora me daba cuenta de que nadie me prestaba atención y los juegos sexuales alrededor mío procedían sin que yo los alterara. Sentía como que ya no existía y ya no era joven. Empecé a pensar que lo mejor para mí sería morir, aunque nunca traté de hacerlo. Inmediatamente reconocí los síntomas y hablé con mi médico y terapeuta. Ahora estoy tomando otro medicamento para la depresión y me siento emocionalmente bien.
Entiendo que el envejecer, la lipodistrofia y la sensación de estar solo me llevan a sentirme de la manera en que me siento. Cada cierto tiempo me siento cabizbajo, pero no lo suficiente para rendirme. He logrado hacerme de un nuevo sistema de apoyo aparte de mi familia que siempre ha estado presente, continúo viendo mi terapeuta. Entiendo que no solamente tengo VIH y depresión, sino también he envejecido, los tres son parte del porque me siento de la manera en que me siento todos los días. Es tomar un día a la vez y lidiar con los tres que me mantienen hacia adelante.
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