
MÉXICO, 1 Ago 2008 (AFP) - Muchos de los miles de portadores del VIH-sida que llegan a México para participar en la cumbre mundial del sida se sienten más cómodos en el anonimato, temerosos de las consecuencias que en sus respectivos países pueda tener el ser identificados como enfermos de sida.
"Muchos de los que vienen dijeron en sus trabajos o a sus familias que andan de vacaciones, tienen miedo de decir que participan en la conferencia sobre el sida", comenta a la AFP Manuel da Quinta, un portugués que vive con VIH sida desde hace 13 años y que trabaja en la sección de prensa de ONUSIDA en Ginebra.
Mientras Manuel va de un lado a otro para atender a reporteros, fotógrafos y camarógrafos durante un encuentro de pacientes de VIH-sida realizado el jueves como previa a la XVII Conferencia Internacional sobre el Sida que arranca el domingo, otros evaden a los comunicadores.
Anastacia, una rusa de 32 años y que contrajo el virus en 1997, accede a dar entrevistas a los medios de comunicación y a que le tomen fotografías, pero pide que éstas no sean difundidas en Moscú.
"Yo contraje el sida en una relación sexual sin protección. Estaba enamorada, no me importó usar condón. Me contagió el primer enfermo de sida de Vladivostok, un militar que había estado en Africa", explica Anastacia, que también es empleada de una agencia de la ONU.
Manuel da Quinta es el que se encarga de consultar a los participantes de esta conferencia de portadores del VIH-sida, realizada a puerta cerrada, si acceden a dar la cara ante la opinión pública.
"En mi caso, no he sufrido discriminación. En Europa es distinto, hay mucha información, muchos años de lucha. En América Latina aún es muy duro, por la cultura, por la Iglesia católica. Aquí todo es vergüenza, es vergüenza ser homosexual, es vergüenza ser prostituta, es vergüenza tener sida", explica.
El "horror", afirma Manuel, se vive en Africa, donde las mujeres, las principales víctimas de la pandemia, siguen alimentando a sus hijos con el pecho pese a saberse portadoras del mal por temor a ser echadas de sus aldeas.
"En Togo los enfermos de sida ya salimos a las calles a manifestarnos, a exigir medicamentos, pero nuestras convocatorias se hacen de boca en boca, no tenemos acceso a la radio y a la televisión", dice Agustín Dokla, presidente de una red de pacientes de VIH-sida de ese país africano.
Javier González, un mexicano de 50 años al que hace tres le fue diagnosticado el virus del VIH-sida, reconoce que en un principio "fue muy duro, se destruyó mi vida" y que para él fue un doble reto el informar a su familia de su condición de bisexual y de enfermo de sida.
"Mi familia me apoya, mis dos hijos. Una clínica (de la alcadía) de la Ciudad de México me da mis retrovirales y atención médica. Pero hay dos o tres médicos que nos tratan con cierto desprecio, no quieren ni tocarnos, y eso que son doctores que trabajan en una clínica de enfermos de sida", explica Javier.
La atención médica por parte del Estado no lo es todo, resume este hombre al explicar que ha enviado cartas a numerosas instituciones de la alcadía de la Ciudad de México en busca de un empleo de tiempo parcial que tome en cuenta sus constantes recaídas por la baja de defensas o de una ayuda económica que le permita sobrevivir.
"Muchos pacientes pueden tener acceso gratuito a retrovirales muy caros, pero no tienen dinero para comer o para tomar el autobús que los lleve a su clínica", dijo durante esta conferencia Peter Piot, director ejecutivo de ONUSIDA y subsecretario de las Naciones Unidas.
Piot recomendó a los países latinoamericanos coordinar esfuerzos entre las instituciones de salud pública, de desarrollo social y de empleo a fin de que, además de la atención médica, los pacientes de VIH-sida cuenten con programas de empleo que les permitan sobrevivir.
Unos 2.500 portadores de VIH-sida tomarán parte del Congreso al que asistirán unos 22.000 participantes en total.
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