
VENECIA, Italia, 11 Nov 2007 (AFP) - Lejos de las miradas de las decenas de miles de turistas que a diario llegan a Venecia, seis adolescentes pasmados de frío se disponen a "soplar" heroína en la oscuridad de Mestre, el gran suburbio industrial de la Serenísima.
"¿Me pasas un poco?", murmura en italiano Guido, de 13 años, a uno de sus compañeros agrupados en la noche del sábado bajo una pasarela peatonal. Su mirada se enciende al ver el polvo, sin embargo ligeramente grisoso, lo que indica un grado de pureza incierto.
Guido anda en la calle desde hace seis meses después de haber tenido "problemas con su madre", quien lo criaba sola, sin empleo desde hace tres años. Para vivir "se las arregla", hace pequeños trabajos, roba o "algunas veces" vende droga.
La heroína viene de Afganistán por la ruta de los Balcanes. Su precio ha bajado. En Venecia (noreste de Italia) cuesta entre 50 y 70 euros el gramo, según su pureza.
Tal como sus amigos, todos ellos de entre 12 y 15 años, Guido no llegó a la heroína directamente. "La base es el alcohol, después el hachís, pero la heroína es la que hace el efecto más intenso", explica.
"Difícil dejarla cuando uno ha comenzado", confiesa Marino, nacido en "tierra firme", en la gigantesca periferia industrial veneciana, hace 15 años. "Este polvo te hace olvidar todos tus problemas. Aquí no hay futuro", dice de repente más grave.
"Hemos notado durante este año 2007 un aumento preocupante del consumo de heroína, bien sea fumada o inyectada, y particularmente vertiginosa para los jóvenes de 15 a 24 años", asegura Giuseppe di Pino, un trabajador social.
Los servicios sociales venecianos han observado un aumento del porcentaje de consumidores de heroína entre los drogadictos que conocen, con una proporción que ha pasado del 7% en 2002 a 51% en los seis primeros meses de 2007 (de 10% à 20% entre los jóvenes de 15 a 24 años).
Además, "los jóvenes comienzan la heroína cada vez más temprano", desde los 12 y los 13 años, "es el lado sombrío de la tarjeta postal" de Venecia, estima Giuseppe di Pino. Con la probabilidad de caer igualmente más rápido en el hábito de inyectarse, lo que implica más riesgos, sobre todo en términos de transmisión del sida y las hepatitis B y C.
Enganchada desde hace más de diez años, Sandrina, de 32, ha pasado al "shoot" (inyección por vía intravenosa). Ha estado presa varias veces por robo y está infectada con hepatitis C. Vive en la calle, está pálida y huesuda.
Se inyecta detrás de un hangar desierto, ante las luces lejanas de la Venecia histórica.
Aun cuando no logre alcanzar la euforia que sobreviene inmediatamente a la inyección, la joven heroinómana quiere a toda costa evitar el síndrome de la falta de droga, que se produce al cabo de 7 a 12 horas.
Italia contaba en 2006, según las cifras oficiales, 210.000 consumidores "problemáticos" de opiáceas, con una fuerte presencia de HIV y de hepatitis B y C entre esos usuarios, y durante ese mismo año registró 517 decesos causados por sobredosis.
Sandrina no tiene "ánimos" para seguir un tratamiento regular o entrar en un programa de sustitución. "Nos sentimos ya muy viejos", explica su amigo, Dragan, de 34 años, oriundo de Serbia. "Tenemos más razones para morir que para vivir", afirma.
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