
SAN FRANCISCO, EEUU, Ago 10 (AFP) - Hace 25 años, una enfermedad misteriosa que sería pronto conocida como sida, ensombrecía con la marca de la muerte a San Francisco, en la costa oeste de Estados Unidos.
Súbitamente, el sexo desenfrenado en los saunas dio paso al terror, a la afluencia de enfermos en los hospitales y a los muertos, que dejaron desamparados a los amigos y amantes de las víctimas de esta nueva "plaga gay".
"Era una locura", recuerda Richard Broussard, de 44 años, seropositivo desde hace veinte. "Ibas a un entierro y todos estaban aterrorizados".
Quienes presentaban los síntomas del flagelo eran rechazados en los aviones, mientras las empresas funerarias se rehusaban a encargarse de los cuerpos, rememora Jason Riggs, portavoz del proyecto "Stop AIDS".
"En aquella época la gente hablaba de cuarentena. Era un momento espantoso. La sociedad cerró filas contra los hombres infectados por la enfermedad", añadió.
Broussard necesitó un año para encontrar a un dentista que aceptara tratarlo, y que acabó atendiéndolo a las tres de la madrugada para no despertar suspicacias entre los demás pacientes.
Eric Goosby rememora que, cuando era un joven interno en el Hospital General de San Francisco, veía camas atiborradas de jóvenes que sufrían síntomas parecidos a los de la neumonía.
"Ignorábamos a qué nos enfrentábamos. Avanzábamos a ciegas. Los hospitales estaban desbordados", dijo Goosby, quien hoy dirige la "Pangaea Global AIDS Foundation".
Según él, en aquel momento cerca del 80% de los pacientes estaban infectados con el virus y el personal temía contaminarse.
En 1983, casi la mitad de los residentes del célebre "barrio gay" de Castro eran seropositivos, de acuerdo a varios estudios.
"En términos generales, los homosexuales se morían en todas partes, sin la menor ayuda del gobierno", resumió Riggs.
Fue entonces, en 1984, cuando se puso en marcha el proyecto "Stop AIDS" (Detén el SIDA). "Veías morir a tus amigos y amantes", explica Goosby. "Todo indicaba que algo andaba mal y que había que corregirlo".
Se clausuraron los saunas y aparecieron por primera vez mensajes que promocionaban la protección.
En 1994, un nuevo medicamento aportó un respiro. "Los inhibidores de proteasa son como una pequeña bomba que lanzas sobre el virus y lo mata", dijo Goosby. "Muchas personas que se habían dedicado a pensar a qué dedicarían sus últimos años de vida, se encontraron de repente ante la idea de que no iban a morir", agregó.
La esperanza de vida de un seropositivo pasó de 12 años a 20 y luego a 30. En San Francisco, el contagio se redujo. Sin embargo el virus sigue existiendo, listo para aparecer en el cerebro o el hígado de los infectados.
Al mismo tiempo, la vuelta al sexo sin protección y "discursos irresponsables" sobre el fin de la enfermedad relanzaron los contagios a fines de los años 1990, según indicó Riggs, mientras en los 2000 se acentuó el consumo de "crystal meth", una droga que favorece comportamientos de riesgo.
No obstante, la comunidad gay continúa recuperándose: hace 25 años, anualmente se contaminaba un homosexual o bisexual de cada cinco, mientras según estadísticas recientes, menos del 2% de esta población será infectada en 2006.
El año pasado, Richard Broussard escuchó a su médico decirle que tenía más probabilidades de morir en un accidente de tránsito que a causa del sida. "Todo parece tan diferente", dice, antes de acudir a una velada de "Bienvenida a los seropositivos".
"Es como una enfermedad cardiaca o una diabetes", asegura el organizador del encuentro, Eric Ghramm, de 28 años y seropositivo desde hace cuatro. "Debes cuidarte pero ya no tienes que encerrarte en un pozo".
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