TUXTLA GUTIÉRREZ, México, Dic 19 (AFP) - Paulina, una menor que, como tantas, se prostituye en las principales avenidas de Tapachula (sureste, en la frontera con Guatemala), tiene un ancla y un tiburón tatuados en su brazo izquierdo: es la prueba de amor que le ofreció al marino que la dejó abandonada para regresar con su esposa.
En esta ciudad, fronteriza con Guatemala, la prostitución infantil es tan común que las menores se ofrecen en las principales vías y en la zona roja, mientras las autoridades tratan de sacarlas de las calles y darles tratamiento médico y psicológico, que podría salvarles la vida.
En las instalaciones del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), cinco niñas prostitutas de nacionalidades mexicana y hondureña reciben atención médica y mental porque amenazan con suicidarse cortándose las venas.
Alberto Barrios Escobar, director del DIF, relata que el organismo las rescató de las calles y que notificó los casos a la Procuraduría General de Justicia del Estado de Chiapas, para que se tomen acciones penales contra quienes las explotan o inducen a prostituirse.
En el lugar reciben atención las primas Paulina, de 16 años de edad, y Magnolia (15), quienes se prostituyen desde hace más de ocho meses en el parque Miguel Hidalgo del centro de la ciudad, alrededor del ayuntamiento.
Ambas visten diminutas prendas, que lejos de hacerlas ver grandes, acentúan sus rasgos infantiles, pero platican sin el menor recato y son muy divertidas.
"Es rápido y se gana buen dinero, aunque también se sufre y se llora", dice Paulina.
Todo comenzó, dijo, cuando ella y Magnolia huyeron de Oaxaca (370 km al sureste de la capital) con sus novios, dos marinos que a los pocos meses de llegar a esta localidad las abandonaron.
Un ancla y un tiburón, tatuados en su brazo izquierdo, es la prueba de amor que Paulina se hizo inscribir para recordar a quien la dejó abandonada en Tapachula para regresar con su esposa. Ella asegura que se protege con condones y cuenta entre risas que hay de todos colores, sabores y tamaños.
Magnolia es más seria, y narra que por huir con su novio no le dio tiempo de terminar la secundaria.
"Aquí nos va bien, ganamos mejor que de empleadas de mostrador. Comemos lo que queremos y nos levantamos a la hora que queremos. Nadie nos fastidia (...) ¿verdad manita?", le dice a Paulina, quien asiste con carcajadas.
Las dos admiten que fuman marihuana y toman alcohol, "tú sabes, para la depre", dicen.
Xionara es otra menor, hondureña, quien relata que fue obligada a prostituirse por su propia madre, quien la golpeaba y la vendió sexualmente en más de 20 ocasiones a igual número de hombres, por menos de 50 pesos (unos cinco dólares).
Xionara decidió, luego, buscar trabajo en uno de los burdeles de la zona roja de "Las Huacas". La menor viste una blusa blanca, raída por el exceso de uso, y falda gris; es muy retraída y se come las uñas.
Llegó al DIF luego de que un grupo de bailarinas de "Las Huacas" la entregara, ya que no quiere regresar con su madre, quien también se prostituye y trabaja en una de las calles del norte de Tapachulas.
La menor sólo dice que su mamá la vendió a varios hombres, mientras cuenta un total de 20 con los dedos.
Barrios Escobar, el director del DIF, comenta que el proceso de rehabilitación con las menores es largo, porque "están acostumbradas a la calle, al dinero, y la mayoría de ellas quieren que se les dé el ingreso que reciben en la calle con la venta de su cuerpo (...), se pretende quitarles el amor al dinero, que es lo que las mueve a desarrollar esta actividad".
Barrios Escobar asegura que desconoce quiénes manejan este negocio en Tapachula, donde organizaciones no gubernamentales han denunciado que en la mayoría de los bares se prostituyen menores de edad, muchas veces vendidas por sus familias.
También hay altos índices de VIH/sida, abortos y embarazos de adolescentes por la falta de atención médica oportuna.
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